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Por qué nuestro cerebro sabotea los objetivos a largo plazo y qué hacer al respecto

Por qué nuestro cerebro sabotea los objetivos a largo plazo y qué hacer al respecto

Alexander Pershikov
por 
Alexander Pershikov, 
 Soulmatcher
5 minutos de lectura
Psicología
19 de marzo de 2025

Sabemos que ahorrar dinero y cuidar de nuestra salud son esenciales, pero a menudo lo dejamos para más tarde. Esto ocurre porque nuestro cerebro da prioridad a la gratificación inmediata frente a la promesa de un futuro mejor. Ésta es una de las razones por las que nuestro cerebro sabotea los objetivos a largo plazo.

Uno de los problemas económicos más importantes ligados a la procrastinación gira en torno a nuestra relación con el futuro; concretamente, a nuestra capacidad para evaluar con precisión los riesgos que entraña. Durante siglos, la sabiduría popular nos lo ha recordado: "Más vale pájaro en mano que dos volando". Esta preferencia por las recompensas inmediatas está profundamente arraigada en la estructura del cerebro humano.

Para nuestros antepasados cazadores-recolectores, la supervivencia era la máxima prioridad. Su principal objetivo era encontrar comida suficiente para pasar el día siguiente. Con necesidades tan urgentes, la planificación a largo plazo apenas se tenía en cuenta. Esto explica por qué nuestro cerebro sabotea los objetivos a largo plazo.

Incluso millones de años después, este rasgo evolutivo influye en nuestra mentalidad. Estamos muy atentos al presente -lo que está ocurriendo ahora mismo-, mientras que percibimos el futuro como lejano y menos relevante. Esta dinámica es una de las principales razones por las que nuestro cerebro sabotea los objetivos a largo plazo.

Un estudio publicado en la Revista de investigación sobre el consumo ilustra este fenómeno. Los investigadores realizaron un experimento con dos grupos de agricultores indios. Ambos grupos participaron en programas de ahorro de seis meses con condiciones idénticas, salvo por un detalle. El primer grupo empezó en julio y debía terminar el programa en diciembre, mientras que el segundo empezó en agosto y terminó en enero del año siguiente. Los resultados mostraron que el primer grupo ahorró bastante más dinero que el segundo.

La razón radica en cómo percibe el tiempo el cerebro: Diciembre parece más cercano porque forma parte del año en curso, mientras que enero pertenece al año siguiente, que parece más lejano.

Esta misma trampa mental explica por qué muchas personas permanecen indiferentes ante los retos del calentamiento global. El cambio climático está ligado a una visión del futuro que parece vaga y abstracta. Tomar decisiones como humanidad colectiva sobre un tema tan complejo es desalentador, sobre todo porque los beneficios de nuestras acciones son difíciles de visualizar.

Nuestro cerebro está diseñado para alertarnos sobre los beneficios inmediatos, pero rara vez señala las ventajas de los beneficios a largo plazo. Esto se ve agravado por las condiciones de vida modernas, que nos plantean un número cada vez mayor de complejas decisiones diarias. La capacidad de planificar el futuro no es innata, sino que hay que cultivarla.

Por qué ignoramos el mañana

Nuestra miopía en la toma de decisiones se debe a dos factores principales.

En primer lugar, los humanos deseamos resultados inmediatos porque, en cierto nivel, reconocemos la incertidumbre del futuro. Por ejemplo, si alguien se entera de que tiene una enfermedad grave y pocas posibilidades de vivir otra década, es racional dar prioridad a maximizar los recursos a corto plazo.

En segundo lugar, la impaciencia también puede deberse a una percepción distorsionada del tiempo. Tendemos a sobrevalorar el presente y a subestimar la importancia de los acontecimientos lejanos.

Una cuestión central en los debates científicos es: ¿Cuánto valor debemos dar al futuro? ¿Qué importancia debe darse al bienestar de las generaciones futuras en comparación con las actuales?

Son preguntas difíciles. En un mundo que celebra la gratificación instantánea, definir una visión clara del futuro -ya de por sí incierto- no es tarea fácil. Nuestra tendencia a tomar decisiones impulsivas y poco calculadas no hace sino complicar aún más las cosas, poniendo de manifiesto por qué nuestro cerebro sabotea los objetivos a largo plazo.

Cómo superar el sesgo del cerebro contra los objetivos a largo plazo

Por naturaleza, nuestro cerebro prefiere las recompensas instantáneas, pero con algunas estrategias inteligentes podemos centrarnos en lo que realmente importa a largo plazo. He aquí cómo:

1. Conecta con tu yo del futuro

2. Establezca objetivos pequeños y alcanzables

3. Centrarse en los beneficios inmediatos

4. Utilice herramientas para rendir cuentas

5. Recompénsate por el camino

6. Tome menos decisiones

7. Construir una mentalidad de crecimiento

Con estos consejos puedes entrenar a tu cerebro para que se centre en lo que realmente importa. Los pequeños cambios de hoy pueden darte grandes recompensas mañana.

¿Qué le parece?